sentencia divina


1Escuchad esta palabra, vacas de Basán, que estáis en la montaña de Samaría, que explotáis a los desvalidos, que oprimís a los pobres, que decís a vuestros maridos: ¡"Traed que bebamos!". 2El Señor Dios lo ha jurado por su santidad: "Mirad que os llegan días en que os levantarán con garfios y a lo que os quede, con anzuelos de pesca. 3Saldréis por las brechas una tras otra, y seréis empujadas hacia el Hermón" -oráculo del Señor-.
4"Id a Betel, y pecad, a Guilgal, y aumentad el pecado. Traed de mañana vuestros sacrificios, cada tres días, vuestros diezmos. 5Quemad pan fermentado en ofrenda de alabanza. Pregonad ofrendas voluntarias, pregonadlas, que eso es lo que os gusta, hijos de Israel" -oráculo del Señor-. 6Por eso os dejé con los dientes vacíos en todas vuestras ciudades, y sin pan en todos vuestros lugares, pero no os convertisteis a Mí -oráculo del Señor-. 7Os negué la lluvia a tres meses de la recolección; hice llover sobre unas ciudades, pero la impedí sobre otras; unas parcelas recibían lluvia, otras, que no la recibieron, se secaron. 8De dos o tres ciudades iban a otra a beber agua, y no se saciaban, pero no os convertisteis a Mí -oráculo del Señor-.
9"Os herí con tizón y añublo: agosté vuestros huertos y viñas; vuestras higueras y olivos los devoró la langosta, pero no os convertisteis a Mí -oráculo del Señor-. 10Os envié una peste como la de Egipto. Di muerte a espada a vuestros jóvenes, mientras vuestros corceles eran apresados; hice subir el hedor del campamento hasta vuestras narices, pero no os convertisteis a Mí -oráculo del Señor-. 11Os convulsioné como convulsionó Dios a Sodoma y Gomorra, y quedasteis como tizón extraído de un incendio, pero no os convertisteis a Mí" -oráculo del Señor-. 12Por eso, así voy a hacer contigo, Israel; y porque eso voy a hacer contigo, prepárate para el encuentro con tu Dios, Israel.
13Pues ten en cuenta que Él modela las montañas y crea el viento; Él descubre al hombre lo que piensa; Él hace la aurora y las tinieblas; Él camina sobre las alturas de la tierra: Señor, Dios de los ejércitos es su Nombre. (Amós 4, 1-13)

4, 4   Traed mañana vuestros sacrificios

LOS DONES DE DIOS REQUIEREN NUESTRA RESPUESTA. Para la verdadera solemnidad del alma no es bastante con sólo entender los misterios de nuestro Redentor, sino que a ellos deben agregarse además las buenas obras; porque ¿qué aprovecha comer su cuerpo y beber su sangre si le ofendemos con malas acciones? Por eso añade cómo se ha de comer: con panes ácimos y lechugas silvestres. Y come los panes sin fermentar quien realiza las buenas obras sin fermento de la vanagloria, quien practica las obras de misericordia sin mezcla de pecado a fin de no desvirtuar malamente lo que dispensa rectamente. También habían mezclado a su buena acción el fermento del pecado aquellos a quienes el Señor, increpándolos, decía por el profeta: "Id a Betel a continuar vuestras iniquidades"; y poco después: "Ofreced el sacrificio de alabanza con pan fermentado"; porque quien de la rapiña ofrece a Dios sacrificio inmola a los ídolos el sacrificio de alabanza. Como las lechugas silvestres son muy amargas, las carnes del cordero deben comerse con lechugas silvestres, para que, al recibir el cuerpo del Redentor, nos aflijamos llorando nuestros pecados, y de esa manera el amargor de la penitencia purifique en lo íntimo de nuestra alma las inclinaciones a la mala vida. Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, 2, 22.

4, 7   Os negué la lluvia

DEJAR QUE LLUEVA LA PALABRA. Si con el propio esfuerzo no podemos recoger frutos espirituales, es justo que distribuyamos con ferviente celo y caridad lo que otros han cosechado. Y puesto que por los pecados del pueblo el Señor amenaza: "Hice llover sobre unas ciudades, pero impedí la lluvia sobre otras", hemos de estar muy vigilantes para que no lleguemos a ser aquella ciudad en la que no caiga la lluvia de la palabra de Dios o llueva tarde o raras veces. Sin ningún género de duda, cuales son los frutos de la tierra cuando no llueve, tales son los frutos en las almas en las que el rocío o la lluvia de la palabra de Dios cae tardía. Cesáreo de Arlés,  Sermones, 1, 15.

4, 11   Convulsionó Dios a Sodoma y Gomorra

PECADO RECALCITRANTE. No merecen ser salvados por la visita del Señor ni ser objeto de la medicina que cura las llagas temporales aquellos que, "embrutecidos, se entregaron a la lascivia, derramándose ávidamente con todo género de impureza". Por otra parte, debido a la dureza de su corazón y a la facilidad con que reinciden en los mismos pecados, desconfían de la posibilidad de purificarse en la brevedad de esta vida por los sufrimientos que les proporciona la existencia. La palabra divina les increpa así por medio del profeta: "Os trastorné como cuando trastorné a Sodoma y Gomorra, fuisteis como tizón sacado del fuego, pero no os convertisteis a mí, dice el Señor". Y Jeremías: "Destruí y perdí a mi pueblo, y sin embargo no se ha convertido al buen camino". Y en otro lugar: "Los has castigado y no se han dolido, los has corregido con azotes, pero no han querido escarmentar; tienen la cara más dura que una piedra; no quieren convertirse". Juan Casiano, Colaciones, 6, 11.

La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia 
Antiguo Testamento, vol. 16, p. 142-143
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

1 Comentario:

Isabel dijo...

Muy buenas las lecturas, aunque debo decír que bastante indescifrables para mi.
Estupenda labor la de poner los comentarios de los Padres del Desierto.
Dios te bendiga

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