juicio a Israel


1Así dice el Señor: "Por tres delitos de Moab y por cuatro, no le perdonaré: por haber quemado los huesos del rey de Edom hasta calcinarlos. 2Enviaré fuego a Moab y devorará los palacios de Queriot. Moab morirá en el estruendo, entre gritos de guerra y sonido de trompeta. 3Aniquilaré al que gobierna en ella, ajusticiaré con él a todos sus príncipes" -dice el Señor-.
4Así dice el Señor: "Por tres delitos de Judá y por cuatro, no le perdonaré: por haber rechazado la Ley del Señor y no haber observado sus mandamientos: les extraviaron sus ídolos falsos, tras los cuales habían caminado sus padres. 5Enviaré fuego a Judá y devorará los palacios de Jerusalén".
6Así dice el Señor: "Por tres delitos de Israel y por cuatro, no le perdonaré: por haber vendido al justo por dinero, y al pobre a cambio de un par de sandalias. 7Pisotean sobre el polvo de la tierra la cabeza de los débiles, y retuercen el camino de los indigentes. Hijo y padre van a la misma muchacha, para profanar mi santo Nombre. 8Se acuestan con ropas tomadas en prenda junto a cualquier altar, y beben el vino de condenados en la casa de su dios. 9Yo destruiré ante ellos al amorreo, que era tan alto como los cedros y tan fuerte como las encinas; destruí por arriba sus frutos, y por abajo sus raíces. 10Yo os hice subir a vosotros de la tierra de Egipto, y os conduje por el desierto cuarenta años, para que poseyerais la tierra del amorreo. 11Suscité profetas entre vuestros hijos, y nazareos entre vuestros jóvenes. ¿No es esto verdad, hijos de Israel? -oráculo del Señor-. 12Pero hicisteis beber vino a los nazareos, y ordenasteis a los profetas diciéndoles: "¡No profeticéis!". 13Pues mirad: Yo os aplastaré como aplasta una carreta repleta de gavillas. 14El ágil no podrá huir, al fuerte le fallará su fuerza, y el héroe no salvará su vida. 15El arquero no resistirá, el de pies ligeros no se escapará, ni el jinete salvará su vida. 16Hasta el soldado más valiente huirá desnudo aquel día" -oráculo del Señor-. (Amós 2, 1-16)

2, 7   Hijo y padre van a la misma muchacha

CONDENADAS LAS FORNICACIONES. El ejemplo del patriarca les pareció a muchos que daba gusto a su carne, incitándoles a convivir con las hermanas que cuidaban de su vida. ¿Qué es lo que nosotros debemos hacer? ¿Proclamar lo que está escrito o indagar lo que está insiniuado? Ahora bien, en esta ley no está escrito que el padre y el hijo no deben tener la misma concubina, mientras que en el profeta este comportamiento es digno de la mayor reprobación. En efecto, dice: "El hijo y el padre van a la misma muchacha". Pero todas las demás clases de impureza que la enseñanza de los demonios ha dado a entender, han sido silenciadas por la divina Escritura, que no quiere mancillar el propio decoro con la mención de las distintas torpezas, sino que condena toda impureza con un nombre genérico. También el apóstol Pablo afirma: "La fornicación y toda impureza ni siquiera sea nombrada entre vosotros, como dicho a los santos", entendiendo con el nombre de impureza las acciones inombrables tanto de los hombres como de las mujeres. Así pues, el silencio no autoriza de ningún modo a deducciones arbitrarias respecto de los amantes de los placeres. Basilio de Cesarea, Carta a Diodoro, 160, 3. 

2, 8   Se acuestan... junto a cualquier altar

IMPUREZAS SEXUALES EN EL TEMPLO. En el origen de la raza humana, Caín y Abel son los segundos; y Caín, el primer homicida. Después se produjo el diluvio a causa de la insoportable malicia de los hombres; y sobre Sodoma, por su prevaricación, bajó fuego del cielo. Con el tiempo Dios eligió a Israel, pero también éste se desvió y quedó herida la estirpe elegida. Se encontraba Moisés en el monte delante de Dios, y en lugar de a Dios el pueblo estaba adorando a un becerro. En el tiempo del legislador Moisés, que ordenaba: "No cometerás adulterio", un hombre entró en un lugar de fuego y no tuvo reparo en abandonarse al desenfreno. Para curar a Israel, después de Moisés se envió a los profetas; pero, al tiempo que curaban, no pudiendo dominar la aflicción derramaban lágrimas, hasta el punto que uno de ellos puede decir: ¡Ay de mí! Desaparecieron de la tierra los piadosos, no queda ni uno recto entre los hombres"; y también: "Todos se han extraviado, a una se han pervertido. No hay quien haga el bien, ni uno solo"; y además: "Perjurar, mentir, matar, robar, cometer adulterios; crímenes tras címenes se perpetran. Inmolaron sus hijos y sus hijas a los demonios". Presagiaban, hacían magia y adivinaban. Y otra vez: "Se acuestan con ropas tomadas en prenda junto a cualquier altar". Cirilo de Jerusalén, Las catequesis, 12, 6.

2, 12   Hicisteis beber vino a los nazareos

LA ABSTINENCIA ES UN SIGNO DE LOS LLAMADOS POR DIOS. Sansón y Samuel no bebían vino ni sidra, porque eran hijos de la promesa, y sus concepción estuvo acompañada de votos de abstinencia y ayuno. Aarón y los otros sacerdotes que van a entrar en el templo no beben nada que pueda embriagar para no morir. De esto deducimos que los que ejercen su ministerio en la Iglesia sin guardar la sobriedad, mueren. Por eso se echa en cara a Israel: "Hicisteis beber vino a los nazareos"Jerónimo, Contra Joviniano, 2, 15.

2, 13 Como aplasta una carreta

DIOS TOLERA LA VIDA DEL CARNAL. Algunas veces [Dios] se compara a las cosas insensibles con una gran condescendencia, debido a nuestra flaqueza, como al decir por medio del profeta: "Yo os apalastaré como aplasta una carreta carga de heno". Porque la vida de los carnales es heno según está escrito: "Toda carne es heno"; dice que lo mismo que un carro transporta encima el heno, así también el Señor tolera la vida de los carnales. Crujir bajo la carga del heno es soportar quejumbrosamente las cargas y maldades de los pecadores. Por consiguiente, cuando se aplica a sí mismo algunas semejanzas muy heterogéneas, hemos de tener muy encuenta que tales semejanzas se dicen de Dios unas veces por el efecto de la obra, y otras veces para demostrar la naturaleza de su majestad. Gregorio Magno, Libros morales, 32, 5.

La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Antiguo Testamento, vol. 16, p. 134-138
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

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