los caminos del Señor son rectos


2¡Conviértete, Israel, al Señor, tu Dios, pues caíste por tu culpa! 3Preparaos las palabras y convertíos al Señor. Decidle: "Quita toda iniquidad, acepta lo que sea bueno, te ofrecemos el fruto de nuestros labios. 4Asiria no nos ha de salvar; no montaremos a caballo, ni llamaremos más "Dios nuestro" a la obra de nuestras manos, porque en Ti el huérfano halla piedad" 5"Yo curaré su infidelidad, les amaré de buen grado, porque mi cólera se habrá apartado de ellos. 6Seré como rocío para Israel, florecerá como azucena, y echará raíces como el Líbano. 7Se extenderán sus ramas tiernas y tendrá la belleza del olivo y el aroma del Líbano. 8Volverán ha habitar a mi sombra, a cultivar el trigo, a florecer como la vid; su renombre será como el del vino del Líbano. 9Efraím, ¿de qué le servirán ya los ídolos? Yo le atiendo y le miro. Yo soy como ciprés lozano: es de mí de quien vienen tus frutos".
10Quien sea sabio que discierna estas cosas; el prudente, que las entienda. Que los caminos del Señor son rectos: por ellos caminan los justos, pero los rebeldes en ellos caerán (Oseas 14, 2-10). 

14, 4   Asiria no nos ha de salvar

LOS GENTILES HAN VISTO LA LUZ. No os sorprendáis si he llamado desgraciados a los judíos. Son, en efecto, dignos de lástima y miserables por haber despreciado y rechazado con empeño los bienes que, procedentes del cielo, cayeron en sus manos. El sol temprano de la justicia salió para aquéllos, pero ellos despreciaron el rayo y permanecen en la oscuridad. Nosotros, por el contrario, criados en la oscuridad, atrajimos hacia nostros mismos la luz y nos vimos libres de la tiniebla del error. Aquéllos eran ramas de esa sagrada raíz, mas se rompieron. Nosotros no teníamos parte en la raíz, pero recogimos un fruto de santidad. Aquéllos, a temprana edad leyeron a los profetas y crucificaron a quienes los profetas habían anunciado. Nosotros, en cambio, no escuchamos palabras divinas, pero adoramos a Aquel que fue profetizado. Por eso son dignos de lástima, porque rechazaron los bienes a ellos enviados mientras que otros los agarrrarón y los atrajeron así. Aquéllos, pese a ser llamados a la adopción de hijos, cayeron en el parentesco de los perros. Nosotros, sin embargo, pese a ser perros, fuimos capaces, por la gracia de Dios, de desprendernos de nuestra primera naturaleza irracional y de llegar a la honra de hijos. Juan Crisóstomo, Contra los judíos, 1, 2.

14, 6   Seré como rocío para Israel

LA CÓLERA DE DIOS SE APARTA DE ISRAEL. Ésta es nuestra fe. Lo mismo que Dios quiso ser conocido por los hombres, así también creyeron los tres jóvenes judíos y no sintieron las llamas que los rodeaban. Cuando el fuego abrasaba con dureza a los infieles, entonces la llama inofensiva descendía como rocío sobre los fieles: el fuego que devoraba a los infieles era para ellos un refrigerio, porque gracias a su fe el castigo había perdido su naturaleza. A manera de un ángel estaba junto a ellos aquel que los exhortaba a alabar al único poder que se expresaba en el número de la Trinidad. Dios era bendecido, el Hijo de Dios era visto en el ángel y una gracia santa y espiritual hablaba en los jóvenes. Ambrosio, Sobre la fe, 1, 4, 33. 

14, 9   Yo soy como ciprés lozano

UN BUEN FRUTO FACILITADO POR DIOS. Nunca afirmaron los santos que habían encontrado por sí sólos el camino que anduvieron para aprovechar en la virtud y garantizar su posesión. Antes bien, imploraban al Señor que les pusiera en la verdadera trayectoria, diciendo: "Guíame en tu verdad", y: "Haz que sea recto ante tus ojos mi camino"; o también: "Dame a saber el camino por donde ir". Otro confiesa que conoció esta verdad no sólo por la fe, sino también por la experiencia, y aun por la misma realidad de las cosas: "Bien sé, Señor, que no está en mano del hombre trazarse su camino; que no es dueño el hombre de caminar ni dirigir sus pasos". Y el mismo Señor dice a Israel: "Yo le haré crecer como un verde abeto; de mí procederán sus frutos". Juan Casiano, Colaciones, 3, 13. 

La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Antiguo Testamento, vol. 16, p. 97-99
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

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